viernes, 14 de marzo de 2008

Las correcciones que hizo un día Gordon Lish para que él fuera siempre Carver


Nadie sabe a ciencia cierta qué es lo que engrandece a un escritor. ¿Su talento? ¿Su tesón? ¿Su capacidad de trabajo?¿Su obra? ¿Su leyenda? ¿Su muerte? Ya aviso que son demasiadas preguntas. Pero, qué ocurriría si todas ellas derivasen hacia una sola afirmación: "Un escritor es lo que de su obra hizo su editor". Por lo menos, a menudo, así sucede.

Lo digo porque hace unos días, encontré un antiguo artículo de Alessandro Baricco, en La República, que hablaba de otro artículo de D.T. Max, en el New York Times, que, a su vez, hablaba de la denominada polémica Lish. ¿Quién era Gordon Lish? Pues el mismísimo editor de los relatos del omnipresente Raymond Carver (1938, 1988). Lish, según dichas fuentes, fue el hacedor del estilo del escritor estadounidense.

O dicho de otra manera más radical: Carver no inventó el realismo sucio, sino que la tijera minimalista de Lish hizo de sus cuentos ese desierto helado que ahora reconocemos en libros como De qué hablamos cuando hablamos de amor.

Así lo cuenta Baricco. Relata su viaje a Indiana (EE UU) y de cómo se adentró en un pueblito llamado Bloomintong. Allí, en la biblioteca universitaria Lylly, encontró las pruebas de los primeros manuscritos de Carver y las comparó con las posteriores ediciones que, de ellos, legó su editor, Gordon Lish, para la posteridad, para curiosos, para mitómanos.

Según Baricco, Lish, recortó, modificó, mutiló muchos de los célebres cuentos carverianos. El final de Diles a las mujeres que salimos, por ejemplo. Según dichos documentos, Carver lo amplió en su primera versión en casi seis páginas que describían una violación y un arrepentimiento.

En cambio, la "versión Lish" rehizo y minimizó al máximo un final que tan sólo cuenta con cuatro líneas, apenas un párrafo que hiela la sangre y nos hace renegar del género humano: "No entendió nunca lo que quería Jerry. Pero todo empezó y terminó con una piedra. Jerry usó la misma piedra con las dos muchachas, primero sobre la que se llamaba Sharon y luego sobre la que debería ser de Bill".

Es un ejemplo, pero ambas investigaciones -la de Baricco y la de T.D. Max- aportan más pruebas, engrandeciendo lo que ya se denomina polémica Lish. Al parecer, la obra de Carver que hasta ahora hemos leído no era tan carveriana. Al parecer, Carver había dotado de más sentimentalismo sus finales, haciéndolos más humanos. Pero claro, para evitarlo, ahí estaba la guadaña de Lish, su editor.

Ahora, según leo, en un futuro próximo se reeditarán las obras manuscritas de Raymond Carver -las que él entregó a Lish de puño y letra- sin esa otra mano invisible, sin esa poda final. La duda es si tal reedición no acabará con un mito y nos deje huérfanos. No lo sé.

Raymond Carver decía en algunas de sus conferencias: "La ambición, y la buena suerte son algo magnífico para un escritor. Pero, hay que tener talento. No conozco a escritor alguno que no lo tenga. Pero la única manera posible de contemplar las cosas, requiere algo más. Cualquier gran escritor, o simplemente buen escritor, elabora un mundo en consonancia con su propia especificidad”.

¿Tenía razón Carver o la tenía Lish cuando retocó su obra? ¿Un escritor es lo que su editor hace de él? No lo sé, pero en ciertas ocasiones así ha sido. ¿Quién leería hoy a Franz Kafka sin la inestimable tozudez de su amigo y editor Max Brod, sin aquella promesa rota? En fin, sólo son preguntas.

Por David González Torres
Publicado originalmente en http://elhuecodelviernes.blogspot.com/

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