viernes, 22 de octubre de 2010

Punto G

Enrédate en mi,
confúndete, atrápame,
se prisionero de mis piernas.
Sin fundirte conmigo,
Sigues siendo tu,
Sigo siendo yo.
Por eso húndete,
pero no te quedes
Subsíste,
solo un momento
Juntos seamos otro
distinto a ambos
Porque todo tiene su fin,
un final orgásmico.


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miércoles, 20 de octubre de 2010

Algodòn de Azùcar



Solo un momento, en un mísero momento, un ruido ensordecedor como decenas de caballos, bajando a todo galope; el agua se viene, la mar nos comerá.
Darko, Darko, despierta!
Nuevamente se quedo dormido el viejo!
Me sonreí y amablemente prolongue la mano para saludarle.
Buenos días don Darko

Este tiempo ha sido agotador para todos, inclusive para mí que como nunca he recorrido toda la región.
A ellos, les ha tocado aún más duro y Darko todavía está a prueba en el circo.
Ya no es el jovencito que alguna vez recorrió toda Europa y hasta Rusia, montando y desmontando carpas. A pesar de que esta americana que les acaban de regalar, es más fácil de montar y desmontar, es fatigoso para un hombre de su edad con esta clase de trabajos.
Darko tampoco es el talentoso músico de orquesta de circo que alguna vez fue. La artritis un día cualquiera le quitará inclusive el gusto por tocar la guitarra por las noches, después que todos se van a dormir.

Sus ojos antes de un azul intenso, hoy languidecen en un azul grisáceo y es que los años no pasan en vano cuando las lágrimas de un hombre fuerte destiñen.

No pareciera que fue hace mas de 40 años que conoció a una equilibrista Rumana en una gira por Chile.

Fue amor al primer espectáculo. Se enamoraron y se amaron locamente, de su amor nacieron tres hijos.

Por amor a ella y sus hijos decidió echar raíces en una sola tierra. Se quedaron en San Vicente de Tagua Tagua de donde era oriunda su familia.

Alcanzaron a estar cinco años juntos, pero aquel corazón gitano que le impulso a ella a irse con el circo, no le había abandonado.
Así, sin más, una mañana simplemente se fue con el circo que había pasado por el pueblo, dejándole solo, a cargo de tres chiquillos y una casa herencia de sus padres.

Darko hizo de todo, desde operario en la planta procesadora de pollos, hasta limpieza de baños antes de tropezar con lo suyo.

Caminando por la plaza del pueblo se encontró con un carrito en que se vendía algodón de azúcar, juguetes y pelotas plásticas.
Sus hijos estaban encantados, lo querían todo, un montón de cosas que el no les podía dar.
Entonces tuvo una idea, se fue a casa y recogió los últimos ahorros que tenía para emergencias, por los niños. Volvió a la plaza y ofreció el dinero al vendedor de algodón para hacerse del carrito completo.
Era más dinero del que le hubiesen ofrecido nunca por su carro, por lo que acepto.
Desde entonces se transformo en el señor de los algodones rosados y azules.

Tuvo muchos problemas al comienzo, pues para poder estar en ese espacio necesitaba permiso municipal y el permiso se lo habían dado al dueño anterior, no a él.

Como hombre con carácter, se peleo inclusive con la alcaldesa, la que nunca le perdonó ese tono de superioridad moral con el que se dirigía a ella al hablarle de que no estaba dispuesto a pagar una coima por algo que se debiese ganar por mérito, no por favores políticos.

Nunca agacho el moño, así que el hombre oriundo de San Vicente de Tagua Tagua, nunca pudo vender un solo algodón en su propio pueblo.

Comenzó a recorrer la región con su carrito: los jueves y Martes en Pichidegua, los miércoles en Quinta de Tilcoco en la feria de artesanías, los sábados en Rosario, los lunes en Malloa y solo el domingo descansaba junto a sus hijos
Con su carrito logro educar a sus tres niños, quienes terminaron a su pesar, trabajando también en la planta procesadora, pero ya no como operarios, sino que de jefes de secciones en la planta pues tenían mas estudios de los que el alcanzo a tener.
Sus hijos ya eran adultos y le estaban dando nietos cuando decidió volver al circo.
Proveniente de familia circense aun le recordaban, pero, el circo ya no era el mismo que hace años.
En la funciones la música es grabada y ya no son necesarias las orquestas, pues no se toca en vivo. Su viejo arte había desaparecido de la mayoría de los circos.
Sin embargo la destreza para hacer algodón de azúcar, antes y después de las funciones, seguía siendo muy preciada, pues permitía vender las chapitas, recuerdos y todo el merchandising del circo.
A sus sesenta años, era un hombre que podía decirse se sentía realizado, sin importar todas las penas que le entrego la vida.

Una noche de febrero, en Iloca, el circo estaba frente al mar.
Como cada noche, Darko tocaba hasta muy tarde su guitarra. Fue durante esa madrugada que sintió a los caballos galopar con furia por sobre las olas y hasta las profundidades de la tierra.
Se escuchaban gritos y llanto en medio de la noche, luego el silencio se lo tragó todo.
El mar se llevo la vieja carpa, la jaula con leones, el carrito con el que daba sustento a sus últimos días, así como el cacharro que con tanto esfuerzo, se había comprado para trasladar sus cosas. Aun estaba cancelando un préstamo en el banco por ese vehículo.
El mar, la mar, también se lo quiso robar a él.

Cuando le pregunte como había sido todo eso me dijo: señorita, yo no sé lo que paso, solo sé que estaba en el agua y que ya estaba cansado de luchar.
Me miro fijo, se limpio un poco el sudor de la frente y siguió su relato: Sabe señorita, yo siempre le cantaba a ella, a la mamá de mis críos, yo la enamore con la guitarra, pero nunca logre que regresara.
Bajó la mirada
Esa noche ella regreso, fue su mano la que me saco del agua, fue su forma de darme las gracias por haber criado a los cabros, porque sabe, son buenos cabros.
Y de sus ojos tristes se arrancaron unos lagrimones.

El no lloraba por la pérdida económica, ni para que yo le diese el crédito por lástima o para recuperar su carrito o el cacharro.
Después de eso no le quise decir, ni preguntar nada más, solo dejé que llorara.
Que más se le puede pedir a un viejo cojonudo y cansado que finalmente encontró lo que se le había perdido.


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martes, 19 de octubre de 2010

Espera x3





Se escucha en el aire el sonido de un bandoneón, mientras, sentada frente a mí, una mujer pierde su mirada en el fondo de un murallón blanco.
¡Que mirada!, tan extraña, me recuerda a alguien y me atrevería a pensar que es de aquellas que si se lo propone, traspasaría a cualquiera, incluso un muro.
A su lado un hombre, no muy alto, de aspecto débil y vestir descuidado, cada cierto tanto acomoda sus lentes de manera nerviosa.
Él le habla de cerca, seguramente para que el resto no escuche. Ella sigue con su mirada absorta en el fondo de ese muro blanco, inexpresiva, sin pestañear. En un momento cierra los ojos lentamente para volverlos a abrir.
Me pregunto, que será lo que le dice.

El bandoneón aun se escucha en la sala, es música alegre, que suena triste.
Un poco más atrás hay una muchacha de ojos brillantes y dicharacheros. No para de hablar por teléfono, se sonríe, agita sus manos en el aire, toca su pelo negro y liso, deslizando sus dedos por entre sus cabellos.
Una carcajada escapa de su boca y todos se dan vuelta a mirarle. A ella no le importa, levanta sus hombros y hace un ademan divertido como pidiendo disculpas al público.

Eso me causo mucha gracia, hizo reír y olvidar por un momento mis propios pensamientos.
Las salas de espera normalmente son muy iluminadas, pero esta me parece oscura de muros blancos desgastados. Uno de los tubos fluorescentes parece estar dañado, pues parpadea.

La mujer de mirada fija, fue la única que no volteo con la risotada, en cambio se giro a ver al hombre que le conversaba. Abría y cerraba sus ojos lentamente.
El tiempo se detiene con cada pestañeo suyo, se siente su respiración lenta y tranquila mientras mira al hombre y levanta su ceja derecha. No emitió sonido, solo se llevo el dedo índice derecho a la boca, para volver a cerrar y abrir sus ojos lentamente.
Todo es ahora, en cámara lenta mientras miro alrededor
Me froto las manos, espero, miro mis uñas una y otra vez, vuelvo a mirar a la chica risueña del teléfono y a la inexpresiva con el hombre de lentes.
El hombre de los anteojos finalmente se va.

La verdad no quiero pensar. La espera nunca me ha gustado, es algo desesperante, tan desesperante como la música de Amelie que suena de fondo.

Finalmente, se abre la mampara, una mujer de blanco comienza a llamar: un familiar de don Eduardo Pidal, por favor acérquese.
En ese momento, la chica risueña deja de reír, ya no habla por teléfono. Se paró de un salto para acercarse a la mujer de blanco.
A su vez la mujer de mirada penetrante, cambio su rostro a preocupación y una lágrima se le escapa y recorre su mejilla derecha, mientras camina a hacia la mampara.
Yo misma, que no quería pensar y miraba todo aquello, me levante y acerque a la enfermera.
¿Por que sé que es enfermera y no médico?. ¡Todo es tan confuso!
¡Yo le conozco!
Fuimos amigas mientras estudiábamos en la universidad. Hoy ella debe ser enfermera.
Al parecer me ha reconocido pues dirige su mirada hacia mí.
Pero no, no me ha reconocido.
Preguntó: ¿usted es Lilian? Y las tres respondimos que si.
Volvió a preguntar: ¿Lilian Sepúlveda?
Las tres respondimos: si, Sepúlveda Arias.
En ese momento me percate, llevábamos la misma ropa, un vestido verde limón, un chalequillo verde y chalitas livianas. Las tres nos miramos como de reojo levantando la ceja derecha.
La enfermera luego dijo: Por expresa voluntad del paciente solo Lilian Sepúlveda Arias puede entrar y agregó, podrá verle, pero no podrá hablarle más que a través de un vidrio.
Que más daba todo eso, por lo menos estaría cerca, es verdad, sin contacto, pero ya eran tantas las veces que me habían puesto a prueba de estos modos, que me hacía feliz la idea.
Entonces la mujer de blanco dio la media vuelta y detrás entramos las tres.

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Muse- Falling away with you (with lyrics)



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Espera

Un bandoneón suena de fondo, mientras sentada frente a mí, una mujer pierde su mirada en el fondo de un murallón blanco.
Su mirada, tan extraña, me recuerda a alguien y me atrevería a pensar que es de aquellas que si se lo propone, traspasaría a cualquiera, incluso un muro.
A su lado un hombre, no muy alto, de aspecto débil y vestir descuidado, cada cierto tanto acomoda sus lentes de manera nerviosa.
Él le habla de cerca, seguramente para que el resto no escuche. Ella sigue con su mirada absorta en el fondo de ese muro blanco, inexpresiva, sin pestañear. En un momento cierra los ojos lentamente para volverlos a abrir.
Me pregunto, que será lo que le dice.
El bandoneón aun se escucha en la sala, es música alegre, que suena triste.
Un poco más atrás hay una muchacha, de ojos brillantes y dicharacheros. No para de hablar por teléfono, se sonríe, agita sus manos en el aire, se toca el cabello negro y liso, deslizando sus dedos por entre sus cabellos.
Una carcajada escapa de su boca y todos se dan la vuelta a mirarle. A ella no le importa, levanta sus hombros y hace un ademan divertido como pidiendo disculpas al público.
Eso me causo mucha gracia, hizo reír y olvidar por un momento mis propios pensamientos.
Las salas de espera normalmente son muy iluminadas, pero esta me parece oscura de muros blancos desgastados. Uno de los tubos fluorescentes parece estar dañado, pues parpadea.
La mujer de mirada fija, fue la única que no volteo con la risotada, en cambio se giro a ver al hombre que le conversaba. Abría y cerraba sus ojos lentamente.
El tiempo se detiene con cada pestañeo suyo, se siente su respiración lenta y tranquila mientras mira al hombre y levanta su ceja derecha. No emitió sonido, solo se llevo el dedo índice derecho a la boca, para volver a cerrar y abrir sus ojos lentamente.
Todo es ahora, en cámara lenta mientras miro alrededor
Me froto las manos, espero, miro mis uñas una y otra vez, vuelvo a mirar a la chica risueña del teléfono y a la inexpresiva con el hombre de lentes.
El hombre de los anteojos finalmente se va.
La verdad no quiero pensar. La espera nunca me ha gustado, es algo desesperante, tan desesperante como la música de Amelie que suena de fondo.
Finalmente, se abre la mampara, una mujer de blanco comienza a llamar: un familiar de don Eduardo Pidal, por favor acérquese.
En ese momento, la chica risueña deja de reír, ya no habla por teléfono. Se paró de un salto para acercarse a la mujer de blanco.
A su vez la mujer de mirada penetrante, cambio su rostro a preocupación y una lágrima se le escapa por su mejilla derecha, mientras camina a hacia la mampara.
Yo misma, que no quería pensar y miraba todo aquello, me levante y acerque a la enfermera.
¿Por que sé que es enfermera y no médico?. Todo es tan confuso.
¡Yo le conozco! Fuimos amigas mientras estudiábamos en la universidad. Hoy ella debe ser enfermera.
Al parecer me ha reconocido pues dirige su mirada hacia mí. Pero no, no me ha reconocido.
Preguntó: ¿usted es Lilian? Y las tres respondimos que si.
Volvió a preguntar: ¿Lilian Sepúlveda?
Las tres respondimos: si, Sepúlveda Arias.
En ese momento me percate, llevábamos la misma ropa, un vestido verde limón, un chalequillo verde y chalitas livianas. Las tres nos miramos como de reojo levantando la ceja derecha.
La enfermera luego dijo: Por expresa voluntad del paciente solo Lilian Sepúlveda Arias puede entrar y agregó, podrá verle, pero no podrá hablarle más que a través de un vidrio.
Que más daba todo eso, por lo menos estaría cerca, es verdad, sin contacto, pero ya eran tantas las veces que me habían puesto a prueba de estos modos, que me hacía feliz la idea.
Entonces, la mujer de blanco dio la media vuelta y detrás entramos las tres.

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