martes, 15 de julio de 2008

Textos breves y variados.


Eres Dios y eres notable,

como una instancia

y más allá de cuadro mismo,

parca, presuntuosa virgen,

lastre por el cual

nadie te carga,

devocionario triste

y escapulario,

capilla silente,

como azote de témpano

quedas, resultas incólume,

ante el altar callado.

Sin querer adoctrinar

se pinta, se acomoda

una tirita de papel silente,

en una alcoba deshabitada.

Se pinta con el viento

se asumen alforjas,

se propicia la amarra;

en lo personal,

la pintura adocenada las mató.

Pinta la pálida

y haciendo su pan

como ahogándose,

toda cubierta de masa;

por la harina

no se pregunten,

por la levadura, menos.

En resumidas cuentas

la pintura es una doña

infeliz, ingrávida,

sin peso,

una cantimplora de yeso

medio filtrándose.

Ahora el asunto

vuelve a ser con la pintura,

y esa cualidad inextinguible

y poco clara de la visualidad,

si no fuera por la música

no habría más palabras que decir.

La visualidad no es un postre

ni es un helado de tres leches.

Vaya, tú haces reflexiones

como si una voz te hablara,

y armas barricadas

y haces gesticulaciones,

y tu emoción es la tormenta

en un vaso de leche.

Y te rendiste

con las piernas abiertas,

y el enemigo llegó y entró

como Pedro por su casa,

no hubo ni pestillo,

picaporte, ni llaves,

si contigo se hicieron la América.

Si se enteran

va a quedar la grande

pero nada de nombres,

los caballeros,

no tenemos memoria.

Lo mejor de nuestras vidas

pudo ser desconocerme,

hacer como que nada

de caricias

o miradas lánguidas,

los chupones,

fueron a la manera

de una tercera persona.

Una pintura sencilla

es una muerte simple,

una vida de perforaciones

en el entramado

de una tela que se hunde,

ligera,

una pintura rara vez

es lo que parece.

Por el cansancio que tienen

los reconoceréis,

por lo enredado al hablar

y al tratar de mantenerse

despiertos,

por sus frutos

esos pantalones

casi cayéndose,

una comprensión

de lectura

deplorable,

pésima,

y unas mechas medio tiesas,

de sombrero,

un cerebelo abovedado

que a duras penas se mantiene.

Nuestro horario de salida es un asco,

nuestros jefes nos cargan la mata

como si fueran alforjas, nuestros clientes

ya parecen los pacientes de un psiquiátrico,

donde nosotros mismos,

hemos de tomarnos una tacita de té.

Esta es la hora de la tarde

cuando sale el cielo azul,

de entremedio de esas motas

grises, violáceas,

a cuyos pies los árboles

no son más que espíritus cansados,

cuyas gruesas cabelleras

dan lástima.

Cuando escriba algo decente

les avisaré,

el blanco de las nubes

es a las 14:20, como

para quedarse,

observando este cielo

en su mapa constante,

dentro de esta casa

de paredes anchas,

y de enormes ventanales,

y uno transcribe unas cartas,

que luego deposita en ataúdes.

y uno siempre está

esperando un automóvil,

tras el visillo,

como si fuera una pátina.

Vive con nosotros

este zafarrancho de combate,

y hay goteras en el techo

de la comunidad.

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