lunes, 2 de febrero de 2009

Un alto en el Camino. 1.

Nací tigre, según los chinos, en el valle de Santiago de Chile, al alero de los edificios que para esos años comenzaban a tomar altura.

Tigre, en Latinoamérica, quien lo diría, un valle donde a casi no recuerdo los Andes, a pesar que están encima, imponentes, como cayéndose al océano Pacífico, pero que, desde hace años no se ve en todo su esplendor a causa del smog, excepto los días en que todos ruegan a San Isidro, tras las preemergencias, por un poco de agua.

Lluvia, agua sanadora y que deslava los cielos, en forma similar al trabajo de restauración de la Sixtina, maravilla que permite ver las estrellas, que de pequeña quería alcanzar.

Así, bajo esos cielos cubiertos, con los astros asomándose de cuando en vez, nací libre.

He vivido una vida plena, rica, de dulce y agraz, independiente y revuelta entre los sueños, el corazón, y una mirada que elude al filtro del lóbulo frontal.

Y respecto al filtro, ese, siempre fue un desadaptado, con delirios de evasión y control; solo sueños de niña, una gran ilusión.

Un buen ejemplo de mis fallas de filtro es que desde chiquilla me castigaban en la escuela por hacer comentarios fuera de lugar.

-Señorita, mire que vergüenza su silabario, como tan desordenado.

Esa era mi profesora, la tía Paty, que solo miraba un deshojado silabario, sin percatarse de lo que había detrás de ello. Una niña de pocos recursos, con un silabario reciclado por cuarta vez y que ha fuerza de ser leído en demasiadas ocasiones, ya casi se le salían las hojas. Eso fue antes de conocer las bibliotecas.

Pero el orgullo, que nunca se ha echo el tonto en mi vida, también se hizo presente en aquella ocasión.

Parada sobre mi pupitre y mirando de frente a aquellos que se habían reído de las pobres hojas sueltas, resuelta dije:

-¡Si-i!, Pero yo se leer y ustedes ¡no-o!

Hasta ahí llego la luna de miel con el colegio.
Antes de aquello, era un continuo deambular entre patios, recreos, conocer amiguitos, recorrer los amplios jardines, dejar que las monjitas corrieran tras de mi ya que jugábamos “al pillarse” continuamente.

En ocasiones me hallaron y dejaron en una oficina, donde, en los ratos de aburrimiento, nacían nuevas ideas, para volver ahí, nuevamente, al siguiente día.
Mi madre, se mortificaba mucho con eso, cada vez que teníamos un episodio de aquellos, le llamaban para que me fuese a buscar.

A mi me agradaba mucho aquello, pues casi no la veía por las tardes y era un lindo encuentro de medio día, pues aunque se iba gritoneando todo el camino, siempre fui capaz de cerrar mis oídos a aquello que no quería escuchar. Le abrazaba y decía, te quiero mami y ella sonreía.
Así, mi niñez se paso entre el colegio, amigos de los cuales escuchaba solo lo que quería, una madre abnegada, hermanas con quien pelearse un poco, mezclando sueños y realidad, confundida entre este mundo y los otros.

Y quien lo diría, la luna de miel con el colegio, acabo junto con el matrimonio de mis padres.
Mi padre; el era hermoso, era mi superhéroe, el que me rescataba de la turba de amiguitos que no querían que volviera a casa, aunque mi pancita estuviese sonando hacía rato, llorando por mi leche de las 4.
Mi papá, el me llevaba a ver los partidos de fútbol del barrio, donde quedaba como empolvado, para después comernos un cubo de frambuesa, aunque actualmente los helados rojos ya no me gustan.

Un día lo deje de ver, un día el colegio me dejo de gustar, un día, huir de las monjitas dejo de ser entretenido.
Fue entonces que descubrí un rincón donde podía seguir fantaseando, donde no había más silabarios deshojados, sino que libros grandes y gordos, llenos de historias que me alejaban de este mundo.

Deje de hablar, me llevaron al psicólogo, al otorrino, me llevaron a muchos doctores y no era que no escuchara, simplemente no quería hablar.
Mi primera entrevista con el psicólogo fue algo así como:

-Hola ¿como te llamas?
-Paola ¿y tú?
-Yo me llamo Pablo
-¿Y porque estoy aquí?
-Me dicen que no hablas.
-Yo si hablo, pero, no quiero.


Y en verdad que no quería, en esos años me llene de pensamientos que se negaban a salir por mi boca y es por ello que hoy mi boca ya no se calla mis ideas, explotaron y se desbordaron por la paredes de la torre grande que arme por tres años. Fue una revolución total, un completo motín contra la autoridad de mi lóbulo frontal, a quien nuevamente he comenzado a domesticar, no hace mucho.

Aun recuerdo, en esos años mi letra era impecable, no existían los computadores, ni teclados, ni correctores automáticos de ortografía.
Lo que no se usa, se atrofia decía mi abuelita, bueno también decía que si jugaba con piedritas a la "payaya", mi letra sería atroz.

Últimamente recordando eso que me decían de atrofiarse, he vuelto a escribir y después transcribir. Es un doble trabajo, pero vale la pena.

En los tres años de encierro en mi torre solitaria, no tenía con quien conversar y comencé a ir a la biblioteca, tratamdo de atragantarme con todo aquello que estuviera por el frente, incluidos los libros prohibidos. Una cosa es leer Ivanhoe a los 7 años, pero El amor en los tiempos del cólera, definitivamente fue vetado cuando mi madre me pillo leyéndolo. Era necesario tener criterio formado.

Ahora que lo pienso, mi criterio en verdad, no se si se formo o deformo…
Solo se, que no dejaré que se atrofien mis letras ni mi corazón.
Hoy quería pensar en ti, escribir de ti, pero uff!, que tarde se ha hecho, las polillas ya están entorpeciendo la poca luz que tengo, quizás mañana continúe, si hay mañana.

1 comentario:

Gabriel dijo...

Un texto emotivo y sincero, tierno y desenfadado, un aporte sin duda. Me fascina, me encanta, me hace pensar. Eso me gusta de ti, tienes un talento extraordinario. No dejes nadita dentro eh?

Besos!!!