miércoles, 23 de abril de 2008

A paso Lento



A paso lento camino por los senderos que me guían a mi cabaña, allá en la punta del cerro.
Un perro me ladra insistentemente, yo solo le miro de reojo, no parece tener muy buenas pulgas.
A veces quisiera ladrarles de vuelta a ver si me entienden que no quiero nada con ellos.
Y pienso en las pulgas de mi gato, esas que le dieron alergias. Es gracioso que un animal sea tan delicado. En estas zonas sobreviven los más fuertes, mi gato era demasiado fifí, por eso tuvo que volver a la ciudad, no hubiera sobrevivido.
Sin embargo yo sigo por aquí, las alergias ya las supere todas, hoy me doy el lujo de caminar por un pequeño sendero abierto por un tractor, en medio de las espigas aun verdes de un campo de trigo.
Quisiera caminar más rato por este sendero plano, que no tuviese final, mientras el pasto alto se deja tocar por mis manos. Que delicia.
Una vaca más allá, me muestra que el trigo se acaba, un cambio de paisaje, cambiamos a otro verde, un verde campo de alfalfa se abre frente a mí, y con sus flores arreboladas me recibe.
-Muuucho gusto señora vaca!, córrase para allá, que voy pasando. Le digo alegremente a mi compañera láctea que esta justo en la puerta de entrada rumiando.
Las botas se ven bien feas, pero a estas alturas son muy útiles.
Cuanta flor hermosa no crece luego sobre estas bostas.
La overo colorado de más allá, tiene mal de pata, seguramente será puchero si no se hace algo luego.
Unos terneros se salieron del corral que les corresponde y juguetean en medio de la alfalfa.
Una flor tras otra van probando cual majestuosos chef de campo.
De vuelta le diré a don Juvencio que los guarde. Mientras tanto, sean felices destrozando a su antojo que yo voy lento pero debo ir seguro.
Solo llevo 5 kilómetros de camino, hoy me hubiese sido útil una yegua para recorrer la zona, pues de mecánica soy mejor agrónomo y nunca pude reparar la camioneta.
Sigo avanzando y se me acaba la alfalfa, la tierra expele un exquisito olor a tierra mojada.
El suelo será prontamente arado y rastreado.
Mejor me voy por la orilla, por donde no escurre el agua, al lado de las acequias, ahí donde crecen los dedales de oro, dientes de león y zarzas con moras dulces, que en el verano atacaré de las primeras.
-Buenas tardes don Juvencio!, que lejos esta de casa.
-Mijita es que tengo que regar…
Regar, al principio no sabía bien si en realidad se dormían parados, con un pie sobre la pala. Pero resulta que es un trabajo dedicado, pero con la lentitud que corresponde, al paso que se merece, una labor que es lenta, pero segura, como mi paso.
-Don Juvencio!, a propósito!, se le arrancaron unos terneros, están en medio de la alfalfa.
-Por la maquina!, esas diablazas, yo ya sabía que no tenía….
Y don Juvencio se fue rápido por el camino, se había acabado su momento de lentitud.
Mientras yo, sigo por mi camino, me encuentro con unos invernaderos ya desarmados, donde alguna vez se hicieron plantas de tomate y melón.
Aun esta el mesón que me soporto en días de dormir junto a las pequeñas plantas, para evitar que la helada nos dejara sin capital y sin nada para el resto del año agrícola.
Aun en el suelo estaba marcado el lugar donde pusimos un invento de salamandra que calentaba el lugar.
Noches en vela y de travesuras eróticas.
Me sonrío sola de pensar en esas diabluras sobre las mesas y bajo ellas…aun me imagino correteando por todo el lugar, muertos de la risa.
Fueron noches de frío, acaloradas noches de frío.
-Que haces aquí, mi viejo amigo pintado!.
Ahí estaba, como si le hubiese llamado con el pensamiento, mi jamelgo viejo y fiel.
-Me hacías falta para seguir el camino, pero no tienes montura…
Entonces no pienso más, lo sujeto y coloco junto a una de las mesas que se mantiene de pie, me subo de un salto y mi amigo pintado que apenas se mueve, me recibe.
Es como si supiera a donde me dirijo y comienza a apurar el paso.
Está atardeciendo, quisiera llegar al crepúsculo, compartir la tenue luz, que entra por las ventanas.
Avanzamos más rápido, pasamos por los maíces de don Nepo que ya tienen 4 hojas.
Debo detener a Pintado que se vuelve loco cada vez que ve zanahorias, cuando pasamos por la casa de don Filomeno. A el le gusta cultivarlas y tiene mal acostumbrado a mi animal.
Antes se las ofrecía, ahora el viene y las toma solo, pero para don Filo, eso no es problema, a menos que se meta con las rosas que cultiva al lado.
Sus rosas son su orgullo, dice que nadie cultiva rosas como las de el, que va a sacar una variedad nueva, la va a patentar y que se un día se va a hacer rico.
Pintado ya esta viejo y aunque no peso mucho, no podrá subir el cerro, así que una vez llegado al pie del monte, sigo mi camino a pie.
Pintado se queda como su nombre en el paisaje, comiendo un poco de pasto.
Los árboles están llenos de renuevos y el sendero limpio de maleza, luce con sus piedras de colores.
La brisa se cuela por entre los árboles y hacen un sonido de arrullo, que sumado a la tranquilidad de la tarde, solo motivan a la ensoñación.
La cabaña aun se ve oscura por entre los árboles y apenas se nota. Del otro lado los rayos de luz le llegan de frente.
Quiero estar allí arriba y que el sol me bañe con los colores de la tarde.
Llegué y sobre la mesa había un rico pan amasado que recién sacaba del horno.
-No estuvo tan mal que te dejase en la punta del cerro-
Le dije a mi compañero, mientras me sacaba las botas para compartir el atardecer en la terraza, abrazados sobre la hamaca.

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