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El bullicio en el transporte público, llena de
vida la mañana silenciosa y oscura de aquel invierno.
Otro día, la hora avanza y los chicos en
uniforme forman un gran superorganismo, movilizándose por el hormiguero.
Suben a las micros, se apretujan unos con
otros. Algunos pilluelos tienen sus primeros encuentros “amorosos” con
desprevenidas jovencitas de cortos uniformes.
Los vidrios empañados lloran en la medida que
el bus se va llenando.
Una muchacha
distraída en sus pensamientos, observando, mirándose hacía dentro, escucha el corazón de todo ese movimiento
constante.
Y de pronto el silencio, una aparición, un único, el chico que observa día a día a través
de la ventana, por el pequeño espacio que dibuja para él, para no perderle de
vista, para no dejarle ir.
Cada día, la misma micro, la misma hora, el
mismo paradero.
Pero hoy, llegó tarde. Le vio mientras corría
por la calle, tratando de alcanzar el transporte.
Ella se apego a la ventana, mientras observaba
como se hacía pequeñito, como se alejaba cada vez más en medio del alboroto de
la calle.
La primera vez que se dio cuenta de su
existencia, fue por una mirada, de esas
persistentes que clavan en la nuca.
Al subir sus ojos, ahí estaban los de él, a su
encuentro en señal
desafiante, como diciendo: ¿ y tu porque me miras?
Después que ambos se quedasen mucho rato con
los ojos abiertos, se cansaron y sonrieron para volver a mirarse cada tanto.
Y así, ya llevaban un semestre completo de
miradas que iban y venían, de blusas y camisas, pasando por los chalecos,
bufandas y gorros, entre chicos de distintos tamaños colores y edades, siempre
por lo menos a 2 personas de distancia.
Ese día, la jornada en el liceo fue como
tantas otras, con mensajitos vía papeles en el recreo, las típicas
conversaciones acerca del chico lindo de turno, pero él muchacho de la mirada
rebelde, hoy más que nunca estuvo en sus pensamientos, más que los días en que
el llegaba a la hora.
Esa tarde volvió a su casa bastante tarde, se
encontró con su madre quien trabajaba en un hospital, cerca del Liceo.
Estaba muy contenta y se sentó en el último
asiento, con su mamá del lado de la ventana.
Ella parloteaba alegremente de su día y lo mal
que la pasaba en lenguaje, entonces una voz desconocida, pero a la vez cordial
y cercana, le interrumpió diciendo que a él le pasaba lo mismo. Se
acomodó al costado, quedando tan cerca que no le podía mirar muy bien a los
ojos.
Seguramente era hijo de la compañera de su
mamá quien también se había subido al bus. No se lo cuestiono, pues la
conversación era muy amena, como la de dos amigos de toda una vida.
Al llegar a su destino, el chico se levanto y
despidió de ella preguntándole si se verían mañana.
Ella muy perpleja con sus 12 años, no era experta en estas cosas; miraba sus
zapatos, no sabía por qué le temblaban las piernas. Respondió entonces que si.
Una vez se bajo, de inmediato pregunto a
su mamá como se llamaba ese chico que se acababa de bajar y si era hijo de su compañera.
Su mamá le quedo mirando extrañada, pues ella no le había visto y tampoco lo conocía.
Entonces dio media vuelta y miro por la
ventana trasera.
Era él, parado en el mismo paradero, mirándole directamente.
Pasó la noche casi en vela, pensando,
emocionada, expectante, con el corazón alborotado.
Llegada la mañana, como
nunca, se preocupo no solo que la corbata estuviese en su lugar, cuido un poco
más de su peinado.
El apretuje para subir al bus, así como la
celeridad para alcanzar el asiento privilegiado que le permitiría mirar por la
ventana, ese día no había sido tan traumático.
Los ciruelos en flor, indicaban que el invierno
ya se estaba yendo, había pasado un agosto muy frío y la tibieza del sol, ya se
sentía por las mañanas.
Llegado al paradero aquel, se quedo
observando, mientras un montón de muchachos y muchachas subían empujándose y
peleando con el chofer.
Buscaba
a su chico especial, pero, el no estaba ahí.
Y fue así, durante todo el resto del semestre,
primero con ansias, luego con angustia y pánico, hasta que llego el sol y las
vacaciones. Nunca más le vio.
Pasados los años, hoy cree, que con quien
conversó, solo era un fantasma.