martes, 19 de octubre de 2010

Espera

Un bandoneón suena de fondo, mientras sentada frente a mí, una mujer pierde su mirada en el fondo de un murallón blanco.
Su mirada, tan extraña, me recuerda a alguien y me atrevería a pensar que es de aquellas que si se lo propone, traspasaría a cualquiera, incluso un muro.
A su lado un hombre, no muy alto, de aspecto débil y vestir descuidado, cada cierto tanto acomoda sus lentes de manera nerviosa.
Él le habla de cerca, seguramente para que el resto no escuche. Ella sigue con su mirada absorta en el fondo de ese muro blanco, inexpresiva, sin pestañear. En un momento cierra los ojos lentamente para volverlos a abrir.
Me pregunto, que será lo que le dice.
El bandoneón aun se escucha en la sala, es música alegre, que suena triste.
Un poco más atrás hay una muchacha, de ojos brillantes y dicharacheros. No para de hablar por teléfono, se sonríe, agita sus manos en el aire, se toca el cabello negro y liso, deslizando sus dedos por entre sus cabellos.
Una carcajada escapa de su boca y todos se dan la vuelta a mirarle. A ella no le importa, levanta sus hombros y hace un ademan divertido como pidiendo disculpas al público.
Eso me causo mucha gracia, hizo reír y olvidar por un momento mis propios pensamientos.
Las salas de espera normalmente son muy iluminadas, pero esta me parece oscura de muros blancos desgastados. Uno de los tubos fluorescentes parece estar dañado, pues parpadea.
La mujer de mirada fija, fue la única que no volteo con la risotada, en cambio se giro a ver al hombre que le conversaba. Abría y cerraba sus ojos lentamente.
El tiempo se detiene con cada pestañeo suyo, se siente su respiración lenta y tranquila mientras mira al hombre y levanta su ceja derecha. No emitió sonido, solo se llevo el dedo índice derecho a la boca, para volver a cerrar y abrir sus ojos lentamente.
Todo es ahora, en cámara lenta mientras miro alrededor
Me froto las manos, espero, miro mis uñas una y otra vez, vuelvo a mirar a la chica risueña del teléfono y a la inexpresiva con el hombre de lentes.
El hombre de los anteojos finalmente se va.
La verdad no quiero pensar. La espera nunca me ha gustado, es algo desesperante, tan desesperante como la música de Amelie que suena de fondo.
Finalmente, se abre la mampara, una mujer de blanco comienza a llamar: un familiar de don Eduardo Pidal, por favor acérquese.
En ese momento, la chica risueña deja de reír, ya no habla por teléfono. Se paró de un salto para acercarse a la mujer de blanco.
A su vez la mujer de mirada penetrante, cambio su rostro a preocupación y una lágrima se le escapa por su mejilla derecha, mientras camina a hacia la mampara.
Yo misma, que no quería pensar y miraba todo aquello, me levante y acerque a la enfermera.
¿Por que sé que es enfermera y no médico?. Todo es tan confuso.
¡Yo le conozco! Fuimos amigas mientras estudiábamos en la universidad. Hoy ella debe ser enfermera.
Al parecer me ha reconocido pues dirige su mirada hacia mí. Pero no, no me ha reconocido.
Preguntó: ¿usted es Lilian? Y las tres respondimos que si.
Volvió a preguntar: ¿Lilian Sepúlveda?
Las tres respondimos: si, Sepúlveda Arias.
En ese momento me percate, llevábamos la misma ropa, un vestido verde limón, un chalequillo verde y chalitas livianas. Las tres nos miramos como de reojo levantando la ceja derecha.
La enfermera luego dijo: Por expresa voluntad del paciente solo Lilian Sepúlveda Arias puede entrar y agregó, podrá verle, pero no podrá hablarle más que a través de un vidrio.
Que más daba todo eso, por lo menos estaría cerca, es verdad, sin contacto, pero ya eran tantas las veces que me habían puesto a prueba de estos modos, que me hacía feliz la idea.
Entonces, la mujer de blanco dio la media vuelta y detrás entramos las tres.

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